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De Quimeras y Ensoñaciones

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Llegar

Llegar

Un día un surfista estaba sentado en la arena de la playa junto a su tabla de suft , estaba cayendo el día, y solitario sobre la playa miraba ponerse el sol en el horizonte, una nubes hacían de cortinas por encima del astro rey y reflejaban su rojizo tono color pastel.

Una sombra le ocultó por un instante aquel paisaje y semienojado farfulló unas palabrotas contra el inoportuno individuo que se paseaba por delante de él en aquel preciso instante, justo en el apoteosis de aquel bello espectáculo y en una playa tan enorme y prácticamente desierta.

El desconocido le saludó, pidió permiso para sentarse a su lado y sin esperar su respuesta se acomodó tranquilamente del otro lado donde reposaba la tabla de suft.

El surfista no pudo por menos que dejar de contemplar su puesta de sol y observar curioso al polizón que se había invitado a sí mismo a sentarse a su lado. Estaba sentado a menos de medio metro de él, con las piernas flexionadas y las manos sujetando sus rodillas. Llevaba puesto un sombrero de paja de ala muy ancha que ladeaba semiocultando su rostro, una camisa rosada y un pantalón corto que le cubría medio muslo.

Callaba.

Miraba la puesta de sol.

El surfista, intrigado por aquella figura humana que le acompañaba en silencio y que mantenía su mirada fija en el horizonte, le preguntó :

- ¿Qué estas mirando?

- El cuadro de Dios - le respondió una voz suave y casi infantil -

Supo al instante que era una mujer, y perdiendo todo interés en aquel paisaje en el que se funde la tierra, el mar, y el sol, que hasta un instante antes le embargara los sentidos, se apoderó de él otro afán, el de una compañía humana, femenina ...

- ¿El cuadro de Dios? ¿De que hablas? ¿Quien eres? Oye... ¿Tú estás bien? - le contestó intrigado y algo molesto por su actitud invasora de su espacio vital personal , y a la vez halagado y contento por que alguien, una mujer, le acompañara.

- Hablo de la puesta de sol - respondió -

- Lo supuse, no soy idiota ¿sabes? . Cuando te he preguntado qué estabas mirando, mirabas la puesta de sol, pero nunca le oí a nadie hablar de ella como El cuadro de Dios.

- Mira, hoy ya lo ha finalizado, mañana volverá de nuevo a pintarlo otra vez.

La mujer se levantó lentamente, se sacudió la arena, se quitó el sombrero de paja y mirando hacia el surfista, le preguntó.

- Y tú ... ¿Qué haces aquí tan solitario?

El surfista, sin levantarse de la arena, con las piernas extendidas y las manos apoyadas atrás en el suelo, mirando al mar le contestó :

- Estoy esperando una ola.

El mar estaba picado, revuelto, a lo lejos olas de un considerable tamaño rompían sobre la playa, olas de color azul y blanco, perfectas para un surfista, olas para poder jugar en ellas con la tabla que sin embargo vagueaba a su lado.

La extraña, miró al mar, miró las olas perfectas, miró al surfista y le respondió :

- Nunca llegarás a ninguna parte si tan solo te quedas mirando y esperando una ola, están ahí, en el mar, sólo has de levantarte, coger tu tabla y zambullirte en ellas. ¿Acaso no las ves? . Nunca llegarás a ninguna parte si te limitas a esperar.

Dichas esas palabras, la mujer se alejó lentamente pisando la blanquísima arena de la playa, mientras a sus espaldas, el surfista decía...

- Eso depende de a donde quiera llegar.

La favorita del coronel

La favorita del coronel

Déjame hijo que te cuente un curioso cuento de supervivencia, sin vendas en los ojos, con el recuerdo aun quemando dentro. Déjame hablar sin juzgarme, solo ante Dios he de rendir cuentas, ni tú ni nadie, óyeme bien, tenéis ningún derecho a enjuiciarme. Te quiero, bien sabes Dios que te quiero.
Mi pecado ha sido nacer mujer y bonita, nunca lo pedí y he cargado con esa cruz en esta jungla donde el único depredador del hombre es el propio hombre. Ser hermosa y judía, esos fueron mis únicos pecados.

En el campo de concentración no era Sara, sino un número entre tantos otros, los primeros días dormía el dulce sueño de la ignorancia, esperanzada con la liberación y a pesar del horror de aquel rincón siniestro, confundida entre la masa de esqueletos famélicos, mujeres hambrientas, enfermas, afiebradas, mugrientas, conservaba mi dignidad, era una más, me sentía útil ayudando a los míos, compartiendo nuestras miserias y miedos, nuestra sopa aguada, nuestros trabajos extenuantes, los gritos, golpes y patadas de los guardianes durante las marchas a los campos de trabajo, el gélido viento en las interminables formaciones y el calor de nuestros solapados cuerpos sobre las tablas de las literas de los barracones con olor nauseabundo a orines y podredumbre, al que nunca te acostumbras del todo, como nunca llegarás ni a imaginar, hijo mío, las atrocidades, vilezas y torturas que el hombre es capaz de perpetrarse a si mismo.

La belleza es una pesada losa difícil de esconder, sin lugar a donde huir te traiciona cual vil delator y te abraza a las puertas del infierno. Cuando "los capos" se percataron de ello, empezó mi calvario.
Me despojaron de lo poco que aun me quedaba, de aquello que creía inquebrantable, mi dignidad, la cual se iba haciendo jirones al ritmo con que mi ropa se desgarrada entre las envilecidas manos de unos guardianes que la iban rasgando. Quise estar muerta. Sentía manosear mi cuerpo con una lascivia animal. Les grité compasión y no me oyeron, le rogué a Dios, pidiéndole que se apiadara de mi y él me escuchó.
Me dejaron desnuda en la semipenumbra de aquel cuartucho, tiritando aterida de frío y miedo, sin percatarme que una sombra me miraba con deseo a escasos metros. Sentí una capa sobre mis hombros tapando mi ajada palidez y la voz firme de un hombre que señalando un montoncito de ropa nueva, con voz de mando me ordenaba : "Vístete y vete. No es el momento".

Rechazaba irascible y enojada los halagos del coronel, sus agasajos y presentes, pero mis privilegios en el campo de concentración se hicieron ostensibles, en la sopa de mi cuenco nadaban patatas y carne, me libraban de las tareas más penosas, gozaba de tiempo libre incluso para disfrutar de minutos de soledad, todo un verdadero lujo aquello, ascendí al nivel de protegida a costa de ganarme la antipatía y recelo del resto de prisioneras. La putita del coronel, me llamaban. Esa infamia denigrante mancillaba mi honor, y el estigma de la calumnia me sepultó bajo sus pies. Era inocente, pero se burlaban de mí. Repudiada por mi propia gente, mancillado mi honor, agredida y despreciada por todos hasta la humillación más vergonzante y atroz, era cuanto podía soportar, había algo peor que ser judío, ser tildado por los de tu raza de colaborador y concubina con los asesinos de tu pueblo. Cuando te arrebatan tus valores, tus principios morales, tu individualidad y solo te dejan el instinto animal de supervivencia, de pertenencia a una masa denigrada donde hallas un mínimo de calor y hasta ese derecho te lo coartan, expulsándote como a un leproso apestado, cuando era inocente, dime, hijo mío… ¿Qué podía hacer cuando todos me daban la espalda escupiéndome insultos?.

En aquel solitario granero por el que se filtraban amargos resabios de sol entre las cañas, se consumó la bajeza de mi descrédito, entre todos me perdieron, me juzgaron previa e injustamente, pues que su sentencia acusadora de meretriz no caiga en falacia.
El coronel me ordenaba cerrar el portón tras de mí y yo asía el quicio del batiente con mis manos estropeadas y aviejadas y jalando de él descorría aquel madero ante las sordas miradas de los "capos" que me habían escoltado hasta allá y esperaban pacientes para regresarme de nuevo al horror de la ignominia y rechazo de aquellos otros a quien quería.
Ni tú ni nadie puede juzgarme, hijo, ni aun siquiera que en mi misma situación y con toda honestidad hubieses rechazado aquellos favores. Lo que al principio fue asco y desprecio, una repugnancia y un hastío hasta la nausea, llegó a transformarse en una incipiente necesidad de protección de aquel hombre frente a mi propia estirpe, que me vilipendiaba y ultrajaba en forma que dolía más que aquellas vejaciones voluptuosas de un coronel ávido del placer de la sexualidad que su legítima mujer no le proporcionaba.

Cuando la pasión se consume como un cigarrillo mal apagado, el hombre poderoso y saciado tira la colilla de nuevo al fango y la escoria inmunda vuelve al lugar de donde nunca debió haber salido.
Sé que nunca ha de llegarte este mensaje, hijo mío, solo hay silencios de desesperanza y apatía mezclados con silbatos y gritos de ordeno y mando, creía que no podrían despojarme de nada más, pero con la cabeza afeitada y mi grotesco aspecto enfermizo y decrépito, en la mañana partimos en convoy hacia el campo de Auschwitz. Jamás llegarás a saberlo, pero has de sentirte orgulloso de la sangre judía que corre por tus venas, de la dignidad e integridad de tu progenitora, de su limpieza de alma y aunque ahora tu brazo lo adorne una esvástica, y tu padre desfile orgulloso contigo en brazos, te prometo hijo mío que te llevaré siempre conmigo.

La esdrújula malvada

La esdrújula malvada Había una vez un museo de arte contemporáneo cuyos objetos inanimados poseían vida. Hablaban, discutían de arte, se contaban chismes varios. Hostiles los unos, benévolos los otros, todos con opinión, con sus diatribas y verborreas de locuaces charlatanes de feria que mascullaran pedantes palabras.
Esdrújula vivía en ese país, el de las palabras, de oscura tez, cabellos negros, ojos azabache, ropajes oscuros, era la primogénita de tres hermanas; Llana, de mediana estatura, ni fea ni guapa, ni gorda ni flaca, ni alta ni baja, de medianas formas; como el jueves, siempre en medio, y Aguda, de piel muy blanca, usaba prendas claras, de lindos cabellos rubios, y pulcros zapatos, era inteligente, pizpireta, casquivana y muy vivaz, las cazaba al vuelo.

A Esdrújula le importaba un bledo el qué dirán, ella no poseía sentido común, mordaz y beligerante, desafiaba la coherente congruencia de las obras de arte y de las reglas semánticas y gramaticales.
Su influencia estaba siendo nociva en un museo con tradiciones, pues rebelde, coqueta y apasionada, creía en el libre reparto de vírgulas para todas las palabras y presumía de haber conseguido el derecho para “su gente” de ir adornadas siempre con una tilde sobre sus vocales.
Todas las esdrújulas vamos acentuadas – se ufanaba vanidosa- y pobre de aquel que se olvide ó por ignorancia caiga en el error de no pintar la vírgula que en derecho a mi familia atañe.

Sus dos hermanas la tachaban de roja, de bolchevique, de dilapidar despilfarrando entre toda su casta, ya fuesen patricios ó plebeyos, proletarios ó burgueses, el más preciado tesoro que poseían, las tildes, ¡Cómo si acaso todas las palabras fuesen iguales ó con los mismos derechos! ¡Qué todavía quedaban clases, por favor!.
A escondidas chismorreaban que tenía cuernos y rabo, gastando tridente.
El diptongo la llamaba vieja. El triptongo, loca. La diéresis, opinaba que era una vieja loca. Pues avarientos y egocéntricos, pertenecientes al selecto club de aristócratas con bombín de alta alcurnia, reclamaban pretenciosos, en exclusividad, el derecho al uso y disfrute de las virgulillas.
Entre ellos la apodaron la Esdrújula malvada. Mas estaban equivocados.

Esdrújula blandía su bandera de igualdad, esgrimiendo que si sarcástico, irónico, satírico, cínico e impúdico gozaban del privilegio ornamental de la tilde, ¿Por qué no habían de hacerlo las demás palabras? . Inclusive, atrevíase a opinar que la tacañería de Llana y la roñosería de Aguda les impedía adornar con vírgulas a nobleza, afecto, franqueza, humildad, lealtad, honestidad, y muchas más.

Esdrújula volaba por todos los rincones del museo en una aspiradora de arcilla, en vez de escoba. Moderna que era ella. Sin necesitar de brújula alguna para hallar su norte. Se hacía de querer tan solo por el arlequín de trapo, por el monigote de hierro, por la semiesfera de mármol y por el tapiz inacabado, y de odiar por el resto de objetos del museo, en su mayoría por desconocimiento, obstinados en confundir la liberalidad con el libertinaje.

Aguda y Llana, celosas, egoístas y envidiosas del libre albedrío de Esdrújula, quien hacía a su antojo su capricho, maquinaron un malévolo plan para someter a escarnio a su petulante mequetrefe hermana y en aquiescencia con el paréntesis urdieron un vil plan.
¡Encerrarla para la eternidad¡
La dificultad estribaba en subyugarla, ¿Cómo hacerlo?, ¿Cómo cortar las alas a su aspiradora y enchiquerar su voluntad de luchadora nata?.
Consultaron con la más sabia, la interrogación, y ésta, con la altivez del conocimiento, irascible y huraña, les espetó: ¿Se puede acaso vivir con miedo?.

Intimidar a Esdrújula no sería fácil.

Cuando en su visita cultural anual, los alumnos de educación infantil visitaron el museo de arte contemporáneo, contemplaron en una de sus salas, una figura de arcilla que asimilaba ser aspiradora junto a dos metálicas de hierros retorcidos de aspecto brujeril, y sobre la pared, dos cuadros con sendas fotografías, en una de ellas, dos manos de mujer se aferraban al quicio de una puerta, como si flotase volando horizontal y huidizamente oculta tras de ella, mas con anhelos de fuga de aquel lúgubre aposento y un algo más allá de afuera se lo impidiese.
La otra fotografía enmarcada era, con su hermoso cielo rojo del ocaso, “El grito”, de Edvard Munch, quien declaró haberlo pintado, cuando angustiado, temblando de ansiedad, sintió un grito infinito que atravesaba la naturaleza.

El profesor sonrió divertido ante la febril imaginación de uno de sus alumnos, cuando en un ejercicio de redacción sobre las impresiones de la visita al museo de arte contemporáneo escribió:
“Dos brujas malas encerraron entre paréntesis a una bruja buena y para que no escapara pusieron a su lado a un hombre loco gritando para asustarla y no dejarla salir.”

Pantomima

Pantomima

La farsa busca actores aficionados para ser observados entre bambolinas.
Llegaron los titiriteros al pueblo en un día de moscas y chicharras chillonas, eran tres carretas, perro flaco y colores arco iris, campanillas y polvo del camino.
Instalaron su campamento en la plaza del pueblo, tras invitar a vino al alguacil convidándole en la única venta del lugar y pagar dos monedas de impuestos al ayuntamiento y vocearon su innecesaria presencia, por ya conocida, entre las destartaladas callejas de piedra y adobe. Caía un sol de justicia en la Mancha llana.
Cuatro sillas mal puestas en el corral, un tablao más flamenco que teatral y la luna verde de espectadora solitaria aguardaban la farsa de los cómicos nómadas. Las almas llegaban asomando asustadas y retraidas, timoratas, entre las bocacalles, boinas y sayas, fajas y pana, cayados y pañuelos monocromos, semblantes agriados de color terruño, algún borracho malencarado y puntuales mocosos de pantalones cortos caidos con tirantes descoloridos.
A la luz de los candiles, antorchas de brea y luciérnagas no invitadas, en la noche verde de luna, brillaba un retablo de actores que cantaron,horas ha, representar El sueño de una noche de verano de un tal hombre de nombre extraño, que sonaba a estornudo de fiebre del heno, al que tan sólo el párroco y el maestro aspiraban minimamente conocer.
Tras el telón de manta ajada se movían bultos.
En los asientos se arremolinaban los intranquilos.
Oíanse voces de chiquillos y un gramófono destemplado.
Las autoridades iban llegando, y el espectáculo comenzaba.
El cura, el alcalde y su mujer, dos caciques terratenientes y sus gruesas costillas parlatanes acaparaban la fila primera. Tras ellos, el médico, el maestro, el agualcil, la guapa, el tonto del pueblo, y detrás el resto del pueblo entero, salvo enfermos y algún extraviado por las trochas del campo.
Crujían los tablones por donde trepaban los cómicos de la legua, escalón a escalón, con parsimonia, hacíendose ver sus estrafalarios amuletos, adornos, campanillas, espantamoscas coloridas, panderetas, aros, caretas y mil aperos verbeneros. 
Se descorrieron las cortinas, atronó un tambor de lata, y tras una reverencia desganada, mil veces ensayadas, el tablao quedó con un tramoyista recitando un soliloquio introductorio. Caras serias en el respetable.
Se da por comienzo la pantomima. Dos actores saltimbanquis danzan piruetas sobre las tablas, malamente interpretadas, alguna primera carcajada de desaprobación desde las últimas filas de chiquillos dotados de mayores proezas malabares en sus juegos cotidianos.
Los dos titiriteros, cansados, se sientan al borde del tablao, cesa todo aspaviento y en el silencio se oyen volar las polillas sobre los candiles. Silencio. Las polillas se estrellan contra la luz mortecina y bailarina que tiembla sombras de fantasmas sobre carcomidas maderas.
Silencio, silencio.Empieza el mayor espectáculo del mundo, los dos coloristas cómicos, cómodamente instalados a horcajadas sobre las pisoteadas tablas del escenario contemplan la obra que se ahora se desarrolla en el patio de sillas, miran divertido la función de teatro, los actores se transmutan en espectadores y estos en acotores.
Comienza la farsa, la pantimina, el sueño de una noche de verano en una campiña mesetaria abriéndose el telón para que actuen los ciudadanos del mundo :  

Un pueblerino le pide al primer cacique más tiempo para el pago de una renta atrasada, un niño de pecho reclamá el maná infantil a su madre nuevamente en cinta, el médico sujeta con vendas un brazo en cabestrillo. Papagayean de la hija de fulana y del hijo del beltrano las viudas viejas congregadas en el ala izquierda, patalea de sueño y hambre un chiquilicuatre harapiento, se rasca la barriga un viejo aburrido, discute una pareja por quíteme allá usted esos trastos, el alcalde se apoya sumiso en su cayado ante los caciques que miran de soslayo las juveniles formas de la guapa sentada detrás que coquetea con el hijo del médico, el alferez de permiso, y mientras miran actuar a los espectadores, los dos cómicos que les miran desde el tablado, les aplauden, alguna vez ríen, otras chillan, otras, divertidos, lanzan sus copetes de lana con escarapela y campanillas hacia la luna verde para atraparlos en el aire. Y tras de ellos, el resto de la comparsa venida de lejos en carromatos, también observa la vida, y vuelan un par de tomates y huevos que pringan al estrellarse de rojo y trigo al risueño tonto del pueblo.  

En la mágica noche de los cómicos, un domingo cualquiera, el viceversa y la paradoja juegan a la pantomina, al ser los sueños sueños, es el pueblo  quien hacen cosas ante los cómicos mientras ellos miran, les juzgan y critican.
Qué siga el espectáculo.    
    

Hija de Venus y Marte

Hija de Venus y Marte

Fueron uno en un tiempo, un tiempo pluscuamperfecto, se desgajaron por disparidad de conceptos, por actitudes divergentes, intranscendentes en el fondo, pero elocuentes en la forma, fueron uno, pero dejaron de serlo. Uno se hizo cálido y tierno, bello y frágil, al otro se le heló el corazón batallando consigo mismo, buscando una autonomía de la que carecía al estar fusionado con otro cuerpo extraño.

Había un solo planeta con dos lados, en un ciclo atrás de la formación del sistema solar, mas con dos masas heterogéneas, unidas con fuerzas latentes a través de una enorme falla que denotaba asperezas diversas. Y el roce les desgastó.

Venus se acercó al sol, aspiró de su calor, dibujó una senda cercana al latido protector de un dios menor, el cobijo palpitante de una mano compañera que le sirve de un gran espejo donde contemplar su belleza, mientras Marte, más guerrero, más fiero, se distanció hacía un lugar más apartado, un universo más de hielo, más independiente, menos conciliador, cual tenor que declama un solo en un teatro de sillas llenas de polvo.

Nada había que les impidiera irse, nada, excepto una hija, el fruto del amor, un pedazo de semilla que les mantenía dando vueltas en torno suyo, en órbitas nunca superpuestas, era la Tierra, un planeta azul, radiante de vida, hija de la belleza y de la libertad, de Venus hecha mujer y de Marte hecho hombre.

Aquella niña de ojos azules nació cuando ambos aun eran uno, un todo, de un vientre voluptuoso y germinal, una princesa que jugaba a pelota con la luna y era educada en una dual disciplina, una madre Venus mimosa y un padre Marte severo. Hija única. Se fue haciendo su intelecto.

El olvidado día de la separación, la Tierra quedó en medio, una hija destetada de sus progenitores, un satélite entre dos planetas mayores, sus padres quedaron lejos y ella compartiendo el tiempo, a ratos muertos a ratos inciertos, con los dictados de un juez galáctico que juzgó quien, cuando, cuanto, como y de que modo, una hija planetaria, compartía espacio con uno u otro progenitor. Venus ganó tiempo compartido. A Marte se le otorgó calidad. Todos perdieron en el fondo. El juez no pudo ser justo.

Más en la Vía Láctea, un minúsculo cuerpo redondo, gira y gira, a distancia regular, de dos puntos que en la noche brillan, confundidos entre una inmensidad de estrellas, dos padres que miran el azul color de la Tierra, océanos de lágrimas, que ambos vertieron un día de desamor, mares formados del llanto que el dolor les causó.

Un vampiro de chocolate

Un vampiro de chocolate

Érase una vez, en un lugar de la fantasía, de cuyo nombre quisiera acordarme siempre, hace muy…, muy poco tiempo que vivía, un murciélago de los de antaño, de capa antigua, ratonil figura y semblante amable.

Vampi Bienvenido era un vampiro singular, a diferencia de sus congéneres, había nacido de un huevo de chocolate. Nada tiene de extraño que por sus venas corriera agua almibarada, pues lo primero contra lo que tuvo que luchar en su vida fue con una pared de cacao y azúcar, una pared incorruptible y firme, a través de la cual forjó su carácter de luchador, de loco aventurero de causas perdidas e imposibles, basado en mordiscos y lametones a través de aquel muro dulce y frío, solitario y oscuro. Su boca no amamantaba leche, su cuerpo no tenía el calor maternal de un abrazo ni la protección del grupo, pero a cambio, tenía chocolate, mamaba lascas de bombón, rodajas envueltas en vainilla y canela, y … pellizco a pellizco, mordisco a mordisco, Vampi Bienvenido le dijo los buenos días al mundo.

La realidad no es la vida ó la muerte.

En este lugar, del que siempre me acordaré, y cuyo nombre es Imaginación, la muerte no es un pozo negro ó un abismo, es un trozo de papel vacío, un hueco en un folio en blanco, el olvido, y la vida consiste en rellenarlo con quimeras, con historias bobas a veces, bellas otras, más nunca calladas ó detenidas, sino fluyendo, con letras bailando empeñadas en tapar con sílabas los huecos en blanco.

 

En aquel lugar y tiempo aun no existían caminos sobre la Tierra, tan sólo seres mitológicos y fantásticos con los cuales un pintor podría pintar un pintoresco lugar de ensueño, poblado de cerezos cuyas flores blancas asemejaban inmortales, eternas, un lindo valle por cuyo fondo trotaba una saltarina serpiente multicolor de espumosa fragancia.

Aquel río tenía un peculiar secreto.

Un secreto destinado a ser descubierto por un murciélago despierto..

Mientras el resto de los vampiros se dedicaban a cazar, persiguiendo presas, a molestar a princesas y hadas, a jugar en complicidad con ogros y trasgos fechorías tras granujadas, fastidiando a brujas y enredando con duendes y gnomos, el murciélago de chocolate solía volar entre las ramas en flor, jugando al escondite con ardillas y a ahuyentar a las serpientes que acechaban nidos de libélulas junto al río, a discutir con las lechuzas sobre su nefasta alimentación con indefensos ratones silvestres y a defender a brujas, dragones y lobos - a quienes todo el bosque consideraba, sin ser del todo cierto, lo más bajo de Imaginación - de las habladurías perniciosas en su contra de sus teóricas víctimas, princesas, caballeros y pastores.

Pero por encima de todo, lo que le gustaba era volar, volar, volar entre las flores, sentir el aroma perfumado, el viento acariciando sus alas, su cuerpo, su cara, llenarse de la belleza de un cerezo florecido, remontar por encima de sus brazos de madera arropados de pétalos, subir, subir, subir por encima de las copas de los árboles y desde arriba, muy arriba, extasiarse contemplando un segundo el bosque entero, que asemejaba una única y gigantesca flor desde lo alto, para zambullirse de nuevo, cayendo en picado en el laberinto inmaculado de pétalos blancos, zigzagueando, rozándolos, sintiendo su tersa blandura aterciopelada acariciar su ser, cada vez más rápido y más lejos, más seguro, en aquel intrincado valle de cerezos en flor, cada vez más lejos.

Vampi Bienvenido se alimentaba tan sólo de chocolate, de la cáscara del gran huevo de chocolate del cual había nacido, no necesitaba comer mucho, y sin darse cuenta, las reservas se agotaron un día, sin que ello llegara a preocuparle, ocupado tan sólo en volar más y más lejos a través de aquel bosque de cerezos siempre en flor. Tras muchos días de llegar al borde del lugar prohibido, más allá de donde nadie del grupo se aventuró cruzar, el fin de la tierra y el inicio de lo tenebroso, Vampi lo traspasó, fustigado por una fuerza interior que le arrastró hacia … perder durante un instante la consciencia y al retomarla darse cuenta que había abandonado su mundo de Imaginación, cruzando un puente, un túnel entre dos universos, para llegar a un lugar llamado Realidad, que a diferencia de Imaginación, era gris, apagado, sin calor, triste, lúgubre y sin sentido vital, todo ello lo descubrió mientras volaba sobre su cielo apagado, sus tierras ocres con árboles desnudos sin flor, secos, sin ríos, caminos de arena parda y construcciones feas de arcilla y rocas esparcidas y apiñadas por doquier.

No le gustó nada aquel lugar, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, luchar contra su desánimo, buscar algo lindo en el menor detalle, fue en vano, un imposible, aquellos parajes extraños, "in-vampirescos", no tenían parangón alguno con su valle del otro lado, así pues, decidió regresar a Imaginación, sintiéndose culpable de su rebeldía y desobediencia a las prohibiciones de su gran familia de quirópteros, y al volar a ras de suelo, lo vio, un huevo enorme de chocolate, había muchos de ellos, envueltos en papel de colores apagados, una punzada en el estómago le hizo notar que tenía hambre, pero la ignoró. Ignoró aquella región irreal bautizada bajo el nombre Realidad..

Ahora sabía por qué era distinto, sus raíces, sus orígenes estaban en Realidad, pero en cambio, sin comprender bien como, había nacido en Imaginación y su mundo era éste último. Nunca nadie pudo darle una razón a esta pregunta, ni aún los más viejos del lugar, ni los más sabios, ni los magos, ni los hechiceros, ni aquellos a los que sedujo a base de carantoñas para conseguir la verdad le supieron explicar como había llegado él a Imaginación, sólo consiguió una divagante respuesta de un anciano medio ciego y falto de memoria, que insistía en haber visto en Imaginación, no uno, sino … - ¡Dos huevos de chocolate! -.

Con lágrimas en los ojos, voló y voló alejándose de allí, buscando la puerta al túnel de su memoria, de un puro regresar a la entelequia de su gente, y al despertar del regreso, una sonrisa se dibujó en su rostro al descubrir de nuevo su valle, sus flores, más hermoso aun que cuando lo dejó, y aunque cansado, hambriento y culpable, retornó entre los suyos.

Jamás se le ocurrió a Vampi Bienvenido algo tan sencillo como volver al límite del bosque de cerezos, robar un huevo de chocolate de Realidad y saciarse, jamás.

Ahora sabía quien era, más no le importaba, la falta de alimento le agotaba día a día, ya no volaba entre los cerezos y la manada empezó a preocuparse por él, realmente a preocuparse, el hambre le había hecho prisionero en su telaraña, cayó en un estado febril en el cual no era dueño de sus actos, situación aprovechada por varios quirópteros de la bandada para secuestrarle, y a horcajadas le llevaron a la morada de un enorme dragón volador que reposaba de sus heridas infringidas en el duelo contra un ejército de caballeros, armados de lanzas, flechas y espadas.

Aquellos quirópteros traidores le dieron a beber, contra su voluntad, bajo un estado febril de indefensión, de la sangre que manaba de la herida abierta por una espada en el cuello del dragón, y … - ¡Se convirtió! -.

Vampi Bienvenido se integró al grupo, dejó de volar entre los laberintos de flor, empezó a colgarse boca abajo, para que la sangre fluyera hacia sus pensamientos, el azúcar almibarado de sus venas se tiñó de rojo, jugaba a asustar elfos en la madrugada, a cazar pitufos rosas en noches de fogatas, a conquistar vampiresas con golpes de sus fuertes alas, se integró a la manada, con la cual batallaba en guerras de conquistas, robando ratas a lobos y lechuzas, conspirando y enjuiciando a hadas y ninfas por el delito de su bondad, ó a sílfides y nereidas por el delito de su fragilidad, ó a náyades y princesas por el delito de su belleza e inocencia.

Vampi Bienvenido la perdió, perdió su inocencia para sobrevivir, se hizo manada, masa vampiresca, con la que volaba al atardecer tras placeres rojos y carnales y regresaba de madrugada con los dientes chorreantes y el alma distante.

Desde que el vampiro de chocolate dejó de volar entre los cerezos, una sutil transformación había sucedido en el valle, lo notó una madrugada, cuando de regreso, aun no satisfecho de su ágape de sangre, emborrachado de ausencia, vio una esfera roja, brillante, sanguínea, flotando entre los árboles, embriagado de ansias, se lanzó sobre ella y en un vuelo rasante, con ímpetu de guerrero sediento, ávido de plasma, abriendo sus fauces, se tragó de un solo golpe, aquella primera cereza del valle.

¡No era una perla de sangre! Su obnubilado sentido le había engañado, tenía un sabor a reminiscencias de chocolate, de desastres inmediatos, de inmaduro fruto que fermentando en su interior se mezcló con sus fluidos, batallando por conquistar el cauce de sus venas, canjeando el alcohol rojo succionado de mil heridas enemigas por rojo refresco almibarado.

Todo le empezó a dar vueltas y vueltas, vueltas y más vueltas, y notó que el vértigo se apoderaba de él, mareándolo, sintió caerse, desmayado, desde lo alto, cuando quiso darse cuenta… - ¡chof! -, se encontraba hundiéndose entre las aguas frías del río, aquel contacto helado le despejó de su estupor, y luchó por ascender a la superficie, por sobrevivir, más no pudo evitar que una bocanada de agua entrara en su estomago al sentir que le faltaba el aire y querer respirar. Se dejaba hundir sin poder hacer nada, y en ese instante notó como una fuerza invisible le empujaba hacia arriba, hacia la vida y le dejaba exhausto, embobado y a salvo, junto a la orilla

Descubrió el secreto del río : ¡Era dulce! ¡Las aguas del río eran dulces!

El néctar de las flores del valle, anclado a las patas de las miles de libélulas cuando libaban sobre su cáliz, - libélulas que Vampi Bienvenido defendiera tiempo atrás de reptiles y congéneres, - se iba depositado en las cristalinas aguas, cuando estos multicolores insectos bajaban a beber, sin saber que transportaban un tesoro de azúcar pegado a sus cuerpos, que al disolverse entre el correr del río, le conferían al mismo, la potestad de la dulzura.

Vampi Bienvenido aguó su sangré con el líquido opalescente del río, bautizó su hambre con cerezas cárdenas y sintió unas cosquillas corriendo por dentro y una necesidad creciente y agobiante de volver a volar entre los cerezos, a bailar con el haz de la luna reflejada en el agua, planeando sobre ella mientras se forman ondas con el viento que la hacían tiritar. Se sintió de nuevo Él. Se sintió de nuevo regresar a sí mismo, a su huevo de cacao con canela.

Siguió volando, volando, y descubrió que más bolas rojas pendían de los cerezos, y sabían dulces, como el río, como el chocolate, y burbujas de libertad se dibujaron en su interior, rechazando su sed de sangre.

 

Vampi Bienvenido dejó de asistir a las cacerías en organizada manada tras la puesta de sol, y aunque empezó a sentirse algo solo, su interior estaba limpio, con el sabor dulcificado del agua mansa y las cerezas mágicas.

El grupo no podía tolerar una vuelta a tan desagradable nueva condición y le condenó al ostracismo. La vergüenza del clan. El deshonor de la familia. El oprobio para aquella alta casta de murciélagos con alcurnia y abolengo, de pura sangre, nunca mancillada.

La degradación de la raza podía empezar con él, y cuando una rama se pudre, de raíz se ha de cortar el árbol.

Fue juzgado y condenado por ultrajar las buenas costumbres del grupo, afrentar la valía y el honor, deshonrar la sangre y la caza, avergonzar el buen nombre de la especie, de tal forma que acabó sentenciado con el destierro.

Cierto día, cuando se sentía melancólico y abandonado, comprobó que tenía una virtud de la que carecían el resto de componentes del grupo, - ¡Podía cambiar de color¡ -, si bien es cierto, que tan sólo del negro al blanco y viceversa, lo descubrió un día de primavera, mientras, como cada tarde, volaba haciendo piruetas, en su destierro, entre las flores blancas, y supo que podía hacerse invisible para el resto del grupo, siempre que estos penetraran en el valle, mimetizándose entre las flores, cual si una de ellas se tratara, y cual fantasma, a hurtadillas, regresó al bosque del clan de los quirópteros, desde donde, invisible, les veía pasar en sus idas y correrías nocturnas, e incluso llegó a conseguir un mimetismo tal, que era capaz de acompañarles, de viajar a su lado, sin que notaran su presencia, y a su modo, siempre que le era posible, salvaguardar la vida de alguna presunta presa, siempre, cual Quijote, defensor de entuertos y víctimas inocentes.

En Imaginación, el tiempo es relativo, va hacia delante, ó hacia atrás, regresa ó huye, el pasado se hace futuro ó cambalache, pero en ese tiempo del pasado, instantes antes que Vampi Bienvenido viniera al mundo, que viera por primera vez en su vida el valle, otro vampiro invisible que jugaba a volar entre flores de cerezos, retuvo su juego por un instante, al contemplar una masa oscura junto al río dulce. Un huevo de chocolate se estaba resquebrajando bajo un cerezo del valle, bajo la atenta mirada de la vampiresa alada. Vampi no lo supo, pero su parto fue observado desde lo alto, por una quiróptera alada.

 

Y un tiempo después, Vampi Bienvenido notó su presencia.

Una vampiresa, con la virtud de hacerse invisible, - aquella vampiresa que le viera nacer, crecer, transformarse y renacer, aquella que le salvase la vida en el río, aquella primera vampiresa que naciera de un huevo de chocolate -, sintió que era el momento de dejar de ser la única diferente y se hizo visible para Vampi Bienvenido.

El viejo tenía razón, hubo dos huevos de chocolate en Imaginación y el dos es un número perfecto.

Hay un lugar en un valle, donde las cerezas desaparecen misteriosamente y se ve mover el reflejo de la luna en el agua del río y las flores blancas de los cerezos, en noches sin viento.

 

 

Falso autorretrato

Falso autorretrato

Era tal cual un espíritu atribulado que no encajaba en este mundo, dotado de una insociable altanería, el insatisfecho, el rebelde, el poeta marginal que merodeaba por las alcantarillas de un mundo corrompido, siempre el mismo universo, afecto de las mismas tensiones, los mismos conflictos, idénticos malentendidos; palabra maldita esta, que corroe las entrañas y ante la que sentía una aversión a la que tildaba de filosófica por el papel que jugaba en su vida, el incomprendido al que tachaban de ser un maldito fanático, defensor de los más rancios y tradicionales valores, alguien que parecía detenido en el tiempo, cuya vida se hubiese ralentizado tan drásticamente hasta transmutarse en una pura entelequia del pasado, y ser al mismo tiempo un visionario, un profeta del futuro, una mezcolanza de Julio Verne y Nostradamus, alguien capaz de descartar lo superfluo y embellecer lo esencial, de darse cuenta de la inherente paradoja que supone discernir entre lo real y lo ilusorio, al descubrir que inventar historias puede ser un placer en sí mismo y a su vez una injustificada paranoia que lo margine de su entorno, aislándole, la soledad del corredor de fondo, condenándole a un ostracismo tan patético como una bailarina encerrada en una caja de música muda.

Esgrimía como espada una mirada vacía, una pluma estilográfica en la mano, una prolija conversación con sus espíritus fantasmales que transcribía a través de unos garabatos festoneados sobre un inmaculado papiro a la difusa luz ambarina del atardecer, exhibiendo un fingido azoramiento frente a la actitud pedante de sus personajes inventados, su jerigonza nativa, su perfeccionismo intransigente que no le permitía ser vulgar, sino formar un todo coherente, un querer demostrarle a aquel mar océano de celulosa blanca sobre la que escribía sus fantasías, quién era allí el más inteligente, el poseedor tanto de frases lapidarias y mordaces, como de palabras medrosas y pusilánimes, era una eterna batalla en la que le hervía la sangre sólo con pensar en aquel obtuso montón de clichés contra los que lanzaba vituperios y exhibía modales desdeñosos y socarrones, con un desdén atolondrado y desvaído cargado de un reproche extraño y taciturno que apabullaba al más pintado con sus deducciones de viejo lobo estepario.

Ardía de deseos, de lucha justa y de protesta, de disputas en gallarda lid, de vencedor del desatino, de gozar de ese pecado particularmente deleznable con resabios de mentalidad dictatorial en el cual indagaba de forma insalubre cuando ese jinete del apocalípsis que él llamaba el engendro de la depresión le atosigaba, sumando a ese pecado de nombre omnipotencia, -conseguir siempre lo posible y lo imposible-, más allá de la simple zarandaja en que se queda la libertad y su simpleza de elección dentro de los márgenes de lo realizable, su quimera y su utopía se fueron forjando en su naturaleza frágil y asustadiza de lector impenitente que le confería un aire de un algo inefablemente conmovedor, su inocencia.

A menos que fuese un ardid para estimular su intelecto, los comentarios mordaces e impertinentes le repugnaban, fuera de la mirada absolutista de sus propios hijos novelados, mezquinos, desdeñosos, taciturnos, desquiciados, a los que dejaba protestar y tergiversar dentro de su cabeza como si tuvieran vida propia, libre albedrío, personajes inventados que se independizaban de su amo, desapegados a su esencia, vagando emancipados de su patriarca creador, y a la par que se convertía en fisgón de sus héroes y villanos, espiando su resplandor con mirada absoluta y sin contraste, tragándose su corajudo carácter de jactanciosos y descreídos tipejos que gallardeaban siempre hoscos e irascibles, derrochadores de alaridos en su jaqueca natal. Justo era indignarse contra ellos, estrafalarios e intransigentes, primitivos, vivaces y alegres, pugnando por salir para enamorar susceptibilidades a flor de piel en papiros ordinarios engalanados de celulosa, de permanecer ardientemente ideales, vanidosos, en el exuberante mar océano de lo no leído. La perspicacia de sus extrovertidos invitados, que se apostaban en su azotea, viviendo sus propias historias, le chantajearon con un inopinado reto.

¡ Qué difícil es morirse siendo reflejo sobre blanco ¡

El inocente narrador cedió a su antojo, les escupió sobre papel, y desistieron de volverle loco.

 

 

 

Tigmotactismo

Tigmotactismo Sensitiva, vergonzosa, dormilona.

Especie: Mimosa púdica.
Familia: LEGUMINOSAE.

Distribución: América tropical.


 
Mi especie vegetal preferida es, sin lugar a dudas, una extraordinaria planta de flores blancas, rosado malvas, me atrae sin yo saber realmente bien el motivo, me atrevo a decir fehacientemente que me he enamorado de este trocito de universo floral.
Tiene un algo especial que la hace diferente.
Es tímida, vergonzosa.  

Muy bella, pero muy sensible. Retraída, pero hermosa.

Su brillo especial está en sus hojas, compuestas, bipinnadas, formadas por 2 pares de pinnas que contienen más de una docena de pares de foliolos, hojillas con forma de helecho que están dotadas de una cualidad, el tigmotactismo, rara palabra, vayamos y descubrámosla, dotémosla de significado, investiguemos su contenido.

No tocar, reza la leyenda en un cartel, a su lado, en el jardín botánico.  

Las prohibiciones llaman más la atención que el hecho de no existir, lo prohibido es excitante, infunden curiosidad y morbo, fue ese “no tocar”, del cartel, el que precisamente me tentó, el que me habló, el que me susurró al oído que debía quebrantar aquella norma, y me forzó a rozar con mis dedos las hojas de la Mimosa, a veces, lo prohibido está puesto incitando a profanarlo, y la Mimosa tembló asustada, su hoja compuesta se retiró, encogiéndose, doblándose sobre si misma, retirándose, escapándose de mi curiosidad, la hoja se replegó sobre si, sobre su tallo, dejándose vencer por su peso, huía de mi, huía de cualquier contacto, como si me tuviese miedo, una dactilofobía inventada, el tigmotactismo.
Curiosa planta, pensé, está viva, no tienes pies para correr, pero sabes escapar.
Toqué con mis dedos otras hojas, y todas ellas, al contacto, se iban replegando cual acordeón, cual pudorosa mujer que esconde sus atributos femeninos tras sus manos en los cuadros de afamados pintores. Me tenía miedo. Pero era frondosa, expansiva, altanera, crecía en todas las direcciones, florecía radiante y pura, con flores cuales copos de nieve arrastrados por el viento.  
 Me aficioné a ella, a aquella preciosa flor de invernadero, sensible, sensitiva, mimosa, me atraía tanto que el jardinero empezó a verme como un compañero más de trabajo, pues paseaba todas las tardes a su lado, por verla, por ver su porte, su crecimiento, su desarrollo, sus flores, su duende, y a escondidas, cuando nadie hurtaba nuestros momentos íntimos, toqueteaba sus hojas con mis dedos, y ella siempre actuaba del mismo modo, las encogía, se me escapaba, se guarecía en su interior, y yo sonreía, era como ver a una mujer con un rubor a flor de piel que te rechaza sin ganas, mi Mimosa púdica, mi planta de flor blanca, malva rosada.  

Me siento sobre la pared del estanque de piedra a contemplarla, se diría que quisiera hablarme, que tuviese ojos que me miraran fijamente incitándome a acercarme, a darle un abrazo enorme que englobase todas sus hojas, todas sus flores blancas, malvas ó rosada, todas sus ramas, y sus tiernos tallos, mi sensitiva.
¿Cómo se domaría una planta? .
Si es posible hacerlo con una fiera, la fierecilla domada, ¿Qué argucias emplear con una Mimosa púdica? . ¿Con el mimo, con el cariño? .
Me interesa esta planta, investigo, y descubro que la vergüenza es un ardid defensivo contra depredadores, pues al replegarse finge ser una planta mustia y marchita, y … ¿Me creerá acaso un depredador?. Yo , que la idolatro tanto, por ser tan suya, tan sensitiva.   

A veces me entretenía a mirar los nenúfares, las plantas colgantes, el difuminado velo del agua llorando rocío sobre la estancia aclimatada al ecosistema tropical, húmedo y cálido, aspersores chorreando niebla, gotitas de ámbar sobre el salón acristalado, irrigando de frescor la savia, y al término de aquel deleite, de aquel baño en miríadas de oropéndolas, al volver a mirarla, a veces, ella ya había vuelto a desplegar sus hojas, a mostrar su esplendor vital y era cuando yo volvía a sonreír, reprimiendo mis deseos de volver a acariciarla, hasta aquel día, confundido en el anonimato, que la besé con mis labios, suave, tierno, me supo a clorofila, a menta, a ensalada de verano, la besé sin pensarlo, como quien besa a una madre con un beso de despedida, y ella se quedó quieta, tranquila, verde y pura, besé otra hoja y sus dientecillos de sierra acariciaron mis labios, se quedó dormida, soñando.
Unos pasos sobre el empedrado me despertaron de aquel contacto, la intimidad dejó de ser tal, y le dije adiós, con intención de regresar una vez más.

Ahora, cuando la veo, la doy un beso, sonreímos los dos, me enseña sus vestidos, sus ropajes, sus nuevas flores, su perfume, me regala un deseo imaginario y dándole la mano nos imaginamos viajando a un edén tropical, soñado, nuestro, real, donde sus hojas no huyen ante las caricias ni los besos ni los abrazos.
Me dicen que pliega sus hojas al llegar la noche, pero en este lugar de ensueño será donde podamos pasar una noche juntos, sin plegar sus hojas en la oscuridad, como suele hacer cuando las estrellas salen a pasear, soñando mimosas tras el cristal.    

Le gustan mis besos, y a veces, en horas como esta, no huye, se muestra radiante en su verdor, se viste de blanco malva rosado, con sus flores, me deja tocarla despacio, otras, la miro desde lejos y contemplo su vida al lado de otras visitas que la asedian, que leen la leyenda del cartel y suelen respetarlo, siempre bajo la atenta mirada de un jardinero, jardinero que se ha declarado cómplice de mis visitas, él la cuida, la mima, la acompaña, nos cuida, nos mima, nos acompaña y nos deja solos.